En esta aventura Guido cuenta que su hermano mayor Ananías y él habían cumplido nueve y siete años respectivamente. A las cinco de la mañana todo el mundo tenía que levantarse a tomar desayuno preparado de antemano por nuestra madre querida. A esa hora regresaba papá después de haber recorrido el campo, realizado labores propias del mismo. Acto seguido, cada cual tenía programado la ocupación a que se iba a dedicar.
Esto se repetía un día y otro también. En esta forma íbamos creciendo respirando aires puros, buena alimentación, carne, leche de primera. Pero la preocupación de nuestros padres no era sólo hacernos trabajar sino que también en forma prioritaria buscaron ponernos en la escuela para que fuéramos dando los primeros pasos en nuestra formación cultural. Pero fatalmente la situación geográfica en que vivíamos, no era fácil el problema.
Tenían que salir a las cinco para llegar a las ocho, hora en que empezaban las clases. Un camino de herradura, que ascendía faldeando los cerros subía hasta llegar al pueblo unas veces a caballo, otras a pie. Por la tarde no era problema, porque apenas salíamos de la escuela, echábamos a correr cuesta abajo. a la 6pm. ya estábamos anunciando nuestra llegada desde unas alturas sobre nuestra casa.
En esta forma íbamos progresando; ya habíamos aprendido a leer y escribir, lo que llenaba de alegría a nuestros padres que se sentían halagados al ver retribuidos sus sacrificios. En esta forma se hacían más fáciles sus proyectos cual era; enseguida Lunahuaná y posteriormente Lima, meta que sobre todo se habían trazado mi madre. ella se había criado en la capital y que ahora sufría los embates del destino por ser fiel a un amor, soñaba con sus hijos en Lima. Lo que se iba consiguiendo pero que su muerte prematura tras una dolorosa enfermedad, no le permitió disfrutar, ni cumplir sus deseos. Su dicho favorito "Ay Lima, Lima quien no te conoce no te estima", quedo grabado en el corazón de sus hijos.
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