Volviendo a nuestro relato, anotaremos que nosotros, los dos hermanos éramos muy puntuales en lo que se refería a la asistencia. Pero como siempre hay un pero, Y aquí también lo hubo, pasamos a narrarlo. Cierto día por no se que motivo salimos tarde de la casa y la hora nos ganab; mi hermano caminaba con desgano y mirando al cielo, (nuestro reloj) decía; ya es tarde muy tarde, ya no vamos a llegar, y tomóm un desvío havia la Toma; yo lo seguï. Llegamos al sitio por donde teníamos que cruzar la acequia muy cerca de de dicha Toma; colocamos los libros en el suelo cruzamos para ponernos a jugar en el bordo. En este plan estábamos, saltando de un lado a otro, cuando de improviso descubrimos que nuestra hermana mayor Raquel, se acercaba seguramente con la intención de aumentar el caudal del agua de la acequia. Verla y echarnos bordo abajo nos llevó un segundo. Nuestra hermana era la tercera autoridad de la casa y a ella respetábamos y queriamos todos los menores . Por eso cuando nos dimos cuenta que habíamos dejado los libros asomamos sigilosamente nuestras cabecitas para enterarnos que sucedía.
Cuál no sería nuestra desesperación al ver que nuestra hermanita se alejaba con los libros bajo el brazo. Nos quedamos helados por el temor de lo que iba a pasar en adelante. Nos miramos aterrorizados y no atinamos a decir palabra, ni para ir tras ella a rogarle que no nos denunciara y nos devolviera los libros y muy graves. Conocíamos a nuestro padre y sabíamos ya de antemano, lo ue iba a suceder. Seria la una de tarde, el resto del día lo pasamos al bordo de la acequia sin ánimo de jugar, pues nuestra mente estaba centrada en el desenlace de este episodio. En casa ya todos sabían lo que los niñitos habían hecho.
Sería las cinco de tarde cuando llegamos a casa, entramos muy despacio, sin hacernos presente a nadie; en igual forma nos ignoraban; sudando frío nos refundimos en algún lugar apartado esperando el momento supremo que no llegó. Una voz enérgica dijo: A comer! Tronante la voz me pareció lúgubre y como signo de mal agüero Saludamos; nadie nos respondió; cenamos y luego nos retiramos buscando, si cabía, un descanso a nuestro sufrimiento, con todo nos quedamos dormidos. Hasta que un fuerte ruido de un grito y un lastimero llanto me hizo saltar de la cama. El cuadro que presencié fue lamentable. Mi pobre hermano se debatía de dolor en el suelo, no sabría decir cuantos riendazos se llevó el pobre negro; llegó mi turno; pantalón abajo y de rodillas. Un solo riendazo en el potito calato y yo ya estaba muerto. Salto mi madre; Por favor Fermín ya basta! Felizmente mi padre escuchó y allí termino el jaleo.
Lo que me dolió no recuerdo porque como decía ya estaba muerto. Pero este hecho aparentemente, tan cruel, sentó un antecedente y marcó la pauta para toda la vida. Sobre todo cuando a los 14 años, cumpliendo los sueños de madre, vine a Lima-Perú, apartándome de mis padres y sin nadie que me controlara o aconsejara, me hice hombre.
Para mi padre ningún sentimiento de rencor, al contrario siempre que me acordaba de este episodio de mi vida, daba gracias a Dios, porque pensando en él, pude salir adelante, no con fortunas ni riquezas materiales, pero si con un tesoro, que nadie me lo podrá regatear. Cuál es?: mis hijos, a quienes quiero con toda mi alma y por quienes me sacrifiqué con todas las fuerza de mi ser, sino se pudo más, solo Dios lo sabe.
Como epílogo de este triste recuerdo, terminare contándoles; Mi madre, ante el problema que se había creado, debido a las distancias que teníamos que recorrer todos los días, optó por ir a Huangáscar. Conversó con la señora Teofila Gamarra, narrándole lo sucedido y le pidió nos diera pensión a lo que accedió gustosa.
De esta manera nos quedábamos estudiando los cinco días y medio en Huangáscar para volver el sábado con nuestros padres y hermanos.
Capítulo IV del libro MEMORIAS del Tayito.