La semana la pasábamos en Huangáscar, en la casa de la señora Teófila como sus pensionistas. En esta forma atendíamos mejor nuestras clases, no llegábamos tarde y ni podíamos caer en la tentación de repetir el plato. Vivimos felices dedicados a nuestros libros, hasta el día sábado que volvíamos a Palca.
Sucedió que cierto día me sentí mal de salud. La señora Teófila me proporcionó algunos medicamentos caseros con el fin de amortiguar el estado febril que me aquejaba. Mas como no sintiera ningún alivio se preocuparon mucho y pensaron que mejor sería que me fuera a mi casa, y así me lo hicieron saber. "Guido, mejor es que vayas a Pallca antes de que tu mal empeore y se pongan las cosas más difíciles".
Caminaba despacio, ya que la fiebre me tenía debilitado. Era el mes de mayo, época en que se alejaban las lluvias y los cerros presentaban un aspecto por demás hermoso y alegre dado que todo es un inmenso jardín con miles de plantas en flor de infinidad de colores. En esta época también, salen las viboras, culebras, corralillos y tarántulas, por los caminos a pasearse y yo les tenía pánico tremendo.
Estaba casi a medio camino, y entraba a una pampita, cuando diviso en el otro extremo un bultito negro que se venía a mi encuentro y acercándome más reconocí que era una tarántula a la que por esos lugares le llamábamos Pasaguay. Con sus tremendas patas avanzaba retadora hacía mí; cuando me sintió muy cerca levantó las patas delanteras apoyándose en las posteriores se elevó todo lo que le dió sus extremidades. Se quedó mirándome con sus ojazos amenazadores . Al ver esto traté de pasar por un costado pero mi imaginación afiebrada me hizo ver correr a la tarántula a cerrarme el paso. Completamente asustado di marcha atrás y sacando fuerzas de flaqueza, corrí hacia Huangáscar a donde llegue exhausto y muerto de miedo.
Entré a la escuela y todos corrieron a ver que me había sucedido ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué te has regresado?....Les conté punto por punto y con todos los detalles lo sucedido y la respuesta fue una sonora carcajada de los maestros, alumnos y alumnas.
Más no recuerdo; pero si el susto que medió el animalito me hizo olvidar de la fiebre y todo el malestar, Esta anécdota la recordaba la familia Gamarra y siempre que la oportunidad se presentaba me hacían bromas con el pasaguay.
Cuando después de ocho años, joven ya, volví a Huangáscar a visitar a mi hermana Raquel, con quien primero encontré, fue la señora Teófila cuya respuesta al contestar mi saludo fue si en Lima no me había encontrado con el Pasaguay.
MEMORIAS:Capítulo VII - del Tayito.